julio 08, 2013

La verdad sobre el caso Harry Quebert - Joël Dicker

Joël Dicker, autor suizo de tan solo 28 años de edad, ha sido proclamado por una enorme campaña publicitaria mundial como el prodigio de la literatura actual, casi casi el salvador de las letras en todo el orbe. Su más reciente novela,  La verdad sobre el caso Harry Quebert, ha generado una extraña algarabía, tanto en críticos como en lectores casuales. Y es que lo preceden más de 750.000 libros vendidos y contando, traducciones a 33 idiomas, los premios Goncourt des Lycéens, el de Novela de la Academia Francesa y el Lire a la mejor novela en lengua francesa. Con estas credenciales, además, se le ha comparado con Nabokov, Philip Roth y Larsson. Alfaguara se ha dado a la tarea de aplicarse a la labor comercial y ha emprendido una insistente campaña para impulsar las ventas en lengua española. Desconozco cómo les vaya en este rubro. A todo ello, y habiéndome leído (y sufrido) sus 666 páginas, opongo dos simples palabras: basura y estafa. Lo primero porque es una novela superficial, absurda, incoherente y carente de profundidad; lo segundo, porque nada justifica esas hiperbólicas comparaciones con escritores consagrados y, además, creo que desmerece de los premios concedidos.

La novela cuenta la historia de un joven escritor de gran éxito (Marcus Goldman), multiventas, conocido por todo mundo, que indagará sobre un crimen presuntamente cometido 33 años atrás, en 1975, por un escritor veterano (Harry Quebert) también fenómeno de ventas y aclamado unánimemente por la crítica, quien resulta ser su maestro, sensei, casi padre y amigo. Así, pues, en el 2008 desentierran en la propiedad de Harry Quebert, por accidente, unos huesos que pertenecen a  la chica desaparecida en 1975, la niña de 15 años Nola Kellergar. Lo turbio es que Quebert había sostenido una relación amorosa con la niña en aquellos ayeres, cuando él contaba con 34 primaveras. Goldman, el joven escritor, por esa amistad que lo une con Quebert (pues también lo formó como escritor de culto), decide realizar sus propias pesquisas para liberarlo de la cárcel y, al mismo tiempo, relanzar su carrera con el libro que está escribiendo acerca del caso. La acción se sitúa mayormente en Aurora, una pequeña campiña americana, pueblecillo que verá desfilar a una larga hilera de personajes estúpidos e inverosímiles.

Nos encontraremos con Jenny Quinn, hija de Tamara y Robert, dueños del restaurante Clark’s en donde, casualmente, se dan muchísimos encuentros y desencuentros que van de 1975 al 2008. Jenny es la clásica adolescente de 24 años, popular, deseada por todos, pero enamorada de Harry Quebert, versión 1975, el galante escritor que se la lleva de fiesta en fiesta, recorriendo la playa, desayunando en Clark’s, yendo al cine en citas nocturnas (muy adolescente actual), corriendo, boxeando y, por supuesto, coqueteando con Nola, la niña. Y es que es inverosímil cómo es que el escritor se enamora de la chiquilla: en una escena por demás cursi, bajo la lluvia copiosa en la playa, entablan una insípida y pequeña conversación que desencadenará una pasión prohibida, un amor imposible que los hará sufrir... o al menos eso intenta transmitirnos el autor. Es decididamente idiota cómo Harry busca a Nola y, después, la desprecia para alejarla de él debido a un ataque repentino de moralina… pero después de hacerle promesas, de ilusionarla con la vida en Nueva York, de llevársela una semana a una isla paradisiaca, como recién casados. 

Es por demás: la gente encuentra una especial fijación por este tipo de “amores” superfluos, retorcidos y tabúes: como esa moral del aborto, la virginidad y la zoofilia que constituye a la saga Crepúsculo; esa ansia de sometimiento y humillación a condición de dinero, disfrazado con un contrato laboral, que campea por las páginas de Grey,  y, ahora, esta especie de manifiesto propederastas que encuentra su justificación vital en un argumento efectista y por demás falso: nadie comprenderá la visión de un escritor, mucho menos el amor que pueda sentir por una infante, el cual, como en un diálogo se sentencia, es puro porque no está ensombrecido con las reglas que impone la sociedad.

Por si fuera poco, los otros personajes no se quedan atrás: Luther Caleb es la caricatura de Frankenstein o de Silas de El código Da Vinci (¡el cual ya es una mofa!), enamoradizo, capaz de crear obras maestras con los pinceles y la pluma (la portada del libros se supone es de él), gigantesco, tonto y deforme que, convenientemente, sí, se enamora de Nola, la menor de edad. Y qué decir de Pratt, el jefe de policía en 1975 que, también, se obsesiona con la indefensa pequeña. O el magnate poderosísimo e influyente, Elijah Stern, multimillonario que se ve implicado como sospechoso y pieza crucial, ¡una variante de Bill Gates que no sale de un pueblucho olvidado! Los padres de la chica, lobotomizados por el fanatismo religioso y que son indulgentes con las fugas constantes de su hija. En pocas palabras, llega un momento en el que todo el pueblo, de alguna forma u otra, converge en la historia sórdida y sus habitantes se transforman en potenciales homicidas. Por ello molesta y aturde el abuso de los giros, de las vueltas de tuerca que propician una tosca abundancia de sospechosos: creo, son, como diez en total los que en dado momento ocupan este designio hasta que, falazmente, aparecen nuevas pistas que alargan la historia. Es una argucia, una trampa facilona que multiplica las posibilidades ad nauseam: sencillo decir que a un personaje se le olvidó mencionar que vio a Nola con fulano subirse a un auto o con perengano enviándole cartas.

Totalmente fuera de lugar, por pesadas y cursis, vacías y monótonas, risibles, las escenas de amor empalagoso entre Harry Quebert y la niña Nola. Harry se encuentra bloqueado para escribir una gran obra maestra allá en 1975, libro que a la postre será El origen del mal, una novela epistolar de culto que cuenta el amor entre él, mayor, y la chica, menor. Gracias a Nola, Harry retoma la vía del escritor y utiliza sus correspondencias para crear su historia. Pasadísimos esos episodios donde la niña ayuda al escritor a revisar los borradores, a transcribir, a hacer crítica literaria, acuñando sugerencias, todo en la mansión de playa que da vista al mar, en una terraza, con música de ópera como trasfondo... Así es, una chica de 15 años. Cliché al por mayor. Por si no me la creen, anoté algunas citas (y lo dejé de hacer porque son textos que abundan en la novela):

Nola, la niña, hablando como adulta, tono que se preserva en todo el libro:

"—Harry, ¿por qué los escritores están siempre tan solos? Hemingway, Melville... ¡Son los hombres más solitarios del mundo!
—No sé si los escritores son solitarios o es la soledad la que empuja a escribir.
—¿Y por qué todos los escritores se suicidan?
—No todos los escritores se suicidan. Sólo aquellos que nadie lee.
—Yo he leído su libro. ¡Lo cogí prestado de la biblioteca municipal y lo leí en una sola noche! ¡Me encantó! ¡Es usted un gran escritor, Harry! Harry... Esta tarde, canté para usted. Esa canción, ¡la canté para usted!
Él sonrió y la miró; ella acarició su pelo con una ternura infinita antes de repetir:
—Es un gran escritor, Harry. No se sienta solo. Yo estoy aquí".

El persistente sentimentalismo simplón para maquillar justificaciones endebles del amorío entre Harry y Nola:

"—Sí. Jenny era una chica formidable, ¿sabe? Pero no era Nola. Estar con Nola era vivir de verdad. No sabría decirlo de otro modo. Cada segundo que pasaba con ella era un segundo de vida vivido plenamente. Eso es lo que significa el amor, creo…"

Mujeres que pierden el control ante la idea de que son objetos de inspiración para una novela, una especie de aura machista que a cada rato se filtra en la historia:

"Excitada por su descubrimiento, volvió a poner apresuradamente la hoja sobre el pupitre, temiendo ser sorprendida, y volvió de inmediato al salón. Se tumbó en el sofá, levantó su falda para dejar sus muslos al aire y se desabrochó la blusa para que se entrevieran sus senos. Nunca nadie le había escrito nada tan bonito. En cuanto volviese, se ofrecería a él. Le regalaría su virginidad".

Diálogos sobreactuados, con esa falsa voz de sabiduría y con el despreciable tufo de superación personal, solo apto para impresionables:

"—¿De dónde vienen las olas? —preguntó Nola.
—De lejos —respondió Harry—. Vienen de lejos para ver la orilla de la gran América antes de morir.
Miró a los ojos a Nola y, de pronto, agarró su cara de forma impulsiva.
—¡Por Dios, Nola! ¿Por qué querer morir?
—No es querer morir —dijo Nola—. Es no querer seguir viviendo".

Consejos de escritura que se aplican a la vida diaria; disque valiosas meditaciones que no pasan de ser un barato artilugio para adoptar cierto aire de grandeza que parecen tomadas de algún manual de malos estereotipos:

"Anhele el amor, Marcus. Haga de él su más hermosa conquista, su única ambición. Después de los hombres, habrá otros hombres. Después de los libros, hay otros libros. Después de la gloria, hay otras glorias. Después del dinero, hay más dinero. Pero después del amor, Marcus, después del amor, no queda más que la sal de las lágrimas".

Y esta es la rúbrica general del libro. A su vez, como indiqué, la trama es chapucera, llena de vuelcos desconcertantes por increíbles: personajes capaces de recordar en el 2008, como si fuera ayer, días específicos, actos tan concretos, de 1975. Yo quiero saber qué comen para tener esa memoria digna del Funes borgeano. Y antes de que me vaya a la yugular, si usted no lo ha leído, no continúe, por favor, al menos hasta el siguiente párrafo. Algo igualmente extremo, el colmo de los colmos, cuando la narrativa de este autor está extenuada, introduce otro vuelco para sugerir que la niña Nola es una poseída y, finalmente, una esquizoide, asesina de su madre y que alucina cuando tiene sus trances. De hecho ¡es exorcizada! Digo: qué montón de estiércol.

Entre lo bueno, muy pocas cosas que terminan sepultadas debajo de toneladas de palabras frívolas y frases-mierda. El inicio es vertiginoso y lleno de vitalidad, de una prosa apabullante que cede muy fácilmente al verbo y adjetivo ramplón. El intento de una construcción inversa, a lo Rayuela, que inicia descendentemente con el capítulo 31, pero, lamentablemente, se queda en una buena intención. La facilidad con que el autor complejiza las relaciones metaficcionales con textos inexistentes, aunque se le va de las manos y termina por crear un bodrio que no tiene una función trascendente. Y las llamadas telefónicas con la mamá del escritor y protagonista, cargadas de humor e impertinencias que dan un relax al lector. De ahí en fuera, una obra fail, lo peor que he leído en este año (y presiento que será el número uno de mi lista de lo más deplorable del 2013).

Para terminar, es evidente que a esta novela le sobran fácilmente 450 páginas, y me estoy arriesgando.  Los datos se reiteran hasta la saciedad, se explican episodios que no contribuyen a la trama, se retratan a personajes para, de nuevo, distraer al lector en sinsentidos. Olvídese de encontrar esas intrigas a lo Henning Mankel o al estilo culto de Umberto Eco. A lo más, confórmese con una prosa que, si a veces brilla (como en el capítulo primero), en su mayoría palidece como una copia de Paulo Coelho, Stephenie Meyer y Suzanne Collins. Mi consejo: no caiga en el embauque y no compre esta farsa. A menos que sea fan de esta oleada de pseudoautores que pseudoprofundizan en temas ya manidos y que, obviamente, no aportan nada, más que la maestría en la utilización de frases trilladas, ese intento de mala filosofía ligera de retrete y la docta transmisión de un sentimiento de que se es sabio en la ignorancia. Alfaguara: shame on you.

 (08-julio-13)


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