febrero 01, 2015

La caída de los pájaros - Karen Chacek

La novela de la multifascética escritora Karen Chacek, La caída de los pájaros, nos narra la historia traumática de la sociedad adulta a dos años de un suceso catastrófico: un diecinueve de abril las aves se precipitaron muertas sobre la ciudad. A partir de ese momento clave, los niños se sumieron en un sueño del cual no han podido despertar, monitoreados en los diversos hospitales y pabellones de atención médica infantil. Violeta, la protagonista de esta historia, tras sufrir un accidente en el Metro, y del que es la única sobreviviente, comienza a escuchar en su mente la voz de una niña, una especie de guía, una Virgilio que traza por el infierno de la ciudad desolada la ruta para que se encuentre con el Fabricante de Aves, un prestigioso dibujante de cómics al que Violeta admira, y el que permanece en arresto domiciliario por su sospechosa obra Remolinos en el cielo, una duplicación arcana de una fábula escrita, también, por la protagonista y que en una especie de mise en abyme precipita la misma historia que estamos leyendo.

El Fabricante de Aves, una especie de oráculo mentor, le explica a Violeta que ella es el vínculo entre  el mundo  de los adultos “despiertos” y el universo alterno, casi paranormal, donde los niños existen sin ser vistos por nadie (aunque en realidad, solo son percibidos, e interactúan, con unos pocos privilegiados). Para el Fabricante de Aves traer de regreso a los niños al mundo real significa reinventar o ver el resurgimiento del mundo.

Tras la lluvia de las aves que sumió en estado catatónico a los niños, los padres inundan los hospitales, en específico el Hospital Amistad, para cuidar el sueño de sus hijos. Como efecto inmediato, la industria comienza a ver mermada su productividad por el ausentismo masivo. El gobierno pide a las autoridades religiosas que intervengan enviando emisarios a sermonear a los padres para brindar aliento, pero, sobre todo, para liberar la “culpa de la conciencia colectiva” aduciendo una nueva interpretación de las Escrituras y animar a ver todo este trágico suceso como un acto divino de amor. Tras este lavado de cerebro, los padres continúan con sus vidas normales, monitoreando desde sus celulares, tabletas electrónicas o computadoras el sueño de sus hijos en los hospitales. Como ocurre casi siempre, lamentablemente, a los padres rebeldes, quienes se niegan a creer en estos nuevos principios religiosos, quienes asegurar haber tenido contacto con los niños, son enviados a “Sanatorios Subterráneos”, especie de fosas posmodernas habilitadas por el gobierno para separar a los adultos “locos” de los “normales” y mantener con ello el orden establecido de la lógica social del enajenamiento.

Violeta, así, comienza su periplo por la ciudad en donde va recogiendo indicios, señales palpables de la actividad de los niños, como los grandiosos grafitis con garabatos, dibujos de aves, de animales fantásticos o de arañas, que habitan en la ciudad y que nadie les presta atención (y sí se les presta atención, el gobierno los encierra en los subterráneos). Tras este planteamiento, donde al mundo imaginativo de la infancia se le opone la enajenación y el escepticismo adulto, la autora nos introduce en una urbe con tintes posapocalípticos, para señalarnos una ruta olvidada, misteriosa y distante a la actividad rutinaria del trabajo, del tedio posmoderno de la producción en masa, de la malsana sumisión a los objetos televisivos y multimedia: la que nos llevaría al reencuentro con la inocencia, con el espíritu creativo y lúdico de la imaginación del niño. Plantea la posibilidad de  diálogo entre mundos y transmundos, tan caro a obras capitales de la literatura como Peter Pan.  

En la distopía propuesta por la autora, que me hizo recordar gratamente a la película Niños del hombre, existe la represión y la apatía como ejes rectores de las normas de conducta imperantes. Capta ejemplarmente cómo un ideal de sociedad se desvía, fuera de control, y produce realidades a merced de fuerzas destructivas y deshumanizadoras. No es tan distinto a nuestra triste realidad nacional donde, quizás, nos hace falta comunicarnos con nuestros hijos y niños, pues padecemos las consecuencias de décadas y décadas de una mala y permisiva guía educativa, tanto en casa, como en la escuela o en el ámbito mercantil, donde va involucrada la producción basura de la televisión. Quizás si nos miramos a nosotros mismos con cierta inocencia infantil, podremos comprender mejor que nuestro futuro no es nuestro, que dependemos de las generaciones más recientes, de su particular visión que generalmente complementa y pone en duda nuestro escepticismo amargoso y casi ritual. Pienso que estos son mensajes que la autora ha sembrado inteligentemente en el yermo, en el páramo actual de la ciudad oscura que nos presenta y que recorre Violeta junto a la niña que la acompaña lúdicamente en esta fascinante travesía de encuentros, persecuciones gubernamentales y sueños infantiles en forma de animales que hablan, de dibujos proféticos y de escritura que linda entre el sueño y la vigilia.

Karen Chacek ha construido una novela que es indispensable leer, pero no solo una vez, sino varias veces para comprender sus secretos e ir descubriendo las finas interconexiones que nos plantea, un trabajo que me trajo a la memoria, por cierto, la novela del escritor japonés Haruki Murakami, con la que comparte ese nexo entre los mundos reales y fantásticos (y la influencia fascista de la sociedad) que nos habitan: 1Q84 (y por supuesto con la 1984, de Orwell, matriz de todas las distopías literarias). Así, al igual que la vasta obra del japonés, la novela Chacek nos ofrece una exploración llena de tesoros, encuentros con partes de nuestra propia infancia, que nos alienta a vincularnos más con ese “yo” perdido, sepultado bajo escombros de racionamiento y lógica.

Por ello, me pareció pertinente la referencia al Hombre ilustrado que la autora filtra (y se disemina) en algún momento de la novela, un relato de Ray Bradbury donde el autor nos muestra a un hombre en cuyo cuerpo se pueden ver montañas y ríos, se pueden escuchar murmullos, voces inquietantes, incluso se aprecia una vía láctea que se expande sobre su pecho, todo ello son prodigios que tienen el poder de predecir el futuro. El cuerpo como visión de nuestra historia personal, de lo que fuimos de niños, cicatrices invisibles, pero presentes. La Caída de los pájaros refuncionaliza este motivo, pero en lugar y a la par del cuerpo, la ciudad es habitada por ilustraciones, por voces paralelas, etéreas, de los niños. Es, pues, una lectura que superficialmente es breve y sumamente amena, pero resguarda en su interior numerosos pasajes, claves e indicios que la enriquecen y que exigen su examinación detallada. Así, he pensado como conclusión que en nuestra literatura hacen falta, además de los cuentos para niños, historias de niños, con sensibilidad infantil, como la presente obra, para nosotros, los adultos aún alienados.

NOTA: texto leído en la Feria del Libro de Hermosillo, Sonora, el 26 de octubre del 2014.

 (1 de febrero 2015)


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